Para que vean que es de herencia, esta historia me la contó mi papá…
La familia de mi papá era muy numerosa, sus padres se casaron muy jóvenes y como en ese tiempo no existía el televisor, antes de cumplir los 10 años de matrimonio ya tenían 7 hijos, y obviamente vendrían más.
Se cuenta que “Los Pelaos”, así le decían a la familia de mi papi por sus cabellos cortos y rubios que los hacía verse como si no tuvieran pelo, les ocurrió algo extraño pero que la gente de campo sabía que ocurría a veces.
Mi abuela esperaba su octavo hijo con el cariño que tubo con los anteriores, solía descansar en un banco a la sombra de un sauce, mirando a todos con sus grandes ojos azules, retando a los desordenados y a los mayores ordenándoles hacer las cosas del hogar.
Durante la mañana mi abuela comenzó con dolores de parto, ya era tiempo de que ese pequeño bebé llegara al mundo, como siempre mi abuelo con el caballo más rápido salió en busca de la matrona, no se demoraron nada, ya que conocía el camino más corto y la manera de pedir ayuda fácilmente.
Ya tenían todo preparado, el agua caliente, los trapos limpios y la cama lista para parir, la matrona se dirigió segura al cuarto y cerró la puerta por dentro, mi abuelo y sus hijos se reunieron entorno a la mesa a esperar que se sintiera el llanto del nuevo miembro de la familia.
Mi papá recuerda que mi abuelo miraba la mesa fijamente, también tenía los ojos claros y el pelo rubio casi plateado, su mirada que siempre estaba dura y seca, ahora parecía distraída y sin fuerza, en esos casos tomaba su rosario y comenzaba a rezar pasando lentamente las cuentas de ese añoso artefacto religioso. El silencio era cortado por breves gritos de dolor de mi abuela, haciendo fuerza para que el pequeño o la pequeña saliera pronto, hasta que por fin se escuchó un llanto, pero era tan minúsculo y la partera anunció a viva voz, ¡Es un serafín!...
A mi abuelo le corrieron las lágrimas, fue a ver a mi abuela para llorar juntos a solas, los hijos no tenían permitido entrar al dormitorio y tuvieron que esperar afuera con la incertidumbre de qué era un serafín.
Ya entrada la noche mi abuelo llamó a todos y mostró al nuevo integrante de la familia, mi papá lo describió como un muñequito de porcelana más pequeño que el antebrazo, con los ojos azules muy abiertos pero que estaba tieso sin movimiento, realmente era un muñequito. Mi abuelo explicó que era un serafín, un bebé que dios enviaba a la tierra para dar bendiciones a la familia, pero que como todo ser divino, su tiempo no pasaría la semana. El pequeño bebé no lloraba mucho, comía muy poco y a penas interactuaba con sus hermanos, todos estaban preocupados mirando a qué hora o día se iba a morir.
Ya era el tercer día y al igual que Cristo lloró un poco, levantó sus bracitos y con asombro vieron como una pequeña luz surgía de su boquita para elevarse al cielo, todos quedaron atónitos, al mirar nuevamente al pequeño se dieron cuenta que murió.
Todos lloraron su partida, por muy breve que fuera, pensaban que iba a durar un poco más, pero así es la vida, los serafines solo vienen a visitar y se van. El cura del pueblo celebró la ida de este angelito y todos se rodearon de paz, un pedacito de cielo que unió a la familia en torno a una cunita por tres días.
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