Era verano, el calor consumía las cabezas que a esa altura ya nadie pensaba correctamente, cabros chicos de 12 años en plena época de vacaciones, cualquier cosa era buena para pasar un buen rato. Como vivían cerca del Cerro blanco había muchos lugares para ir a entretenerse, pero no se les ocurrió nada mejor que ir al cementerio metropolitano para jugar.
Partieron en sus bicicletas echando carreras, las niñas iban corriendo detrás de ellos, era un grupo de cinco, tres chicas y dos chicos.
Al llegar se asustaban entre ellos, empujándose, haciendo muecas para asustar a las niñas y se reían a carcajadas, así estuvieron jugando entre las tumbas y flores secas, mirando las esculturas y mausoleos, también leyendo las lápidas, hasta que empezó el crepúsculo y a refrescar la calurosa tarde.
Notaron que en una tumba había pegada con cemento una moneda antigua, el más travieso de los chicos, la rompió hasta que sacó la moneda, otros que eran más intrusos se llevaron un hueso que encontraron, no sabían si era de un humano ya que era muy pequeño, sin saber que nunca, pero nunca hay que llevarse algo de un cementerio.
Al llegar a sus casas, obviamente no contaron de la aventura a sus papás ya que sabían que era un reto seguro pero si guardaron muy bien sus tesoros, el que se había llevado el huesito, lo guardó en el velador, mientras que el de la moneda lo guardó en un escondite en el patio y se fueron a dormir tranquilamente, pero esa noche iba a ser la más larga de todo ese verano.
Ya estaba entrando en el sueño cuando el niño sintió un golpe en el velador, pensó que era su gato que andaba jugando y no le dio importancia, hasta sintió cuando saltó a su cama para acurrucarse en los pies como siempre lo hacía, se dio media vuelta y quedó profundamente dormido.
Al amanecer, su padre siempre se despedía con un beso en la frente antes de irse a trabajar, al momento de entrar vio una oscuridad extraña en la habitación del niño a esa hora ya el sol estaba empezando a salir, al pender la luz, vio que toda la habitación estaba pintada de un color ocre con pequeñas manos del porte de un niño de 3 años, las manitos estaban en las paredes, en el techo, en el suelo, de un grito el padre despertó al pequeño, y le preguntó que había hecho, el niño a mirar no lo podía creer, le decía llorando que no había hecho eso, pero el padre no le creyó y lo mandó a limpiar todo eso antes de la hora de almuerzo o si no el castigo sería peor.
Entre sollozos el niño limpió la habitación, se la mostró a la mamá y confirmó que estaba todo limpio y esperaron al padre para que viera el trabajo que había realizado, faltaban pocos minutos para que llegara, así que el chico se fue a esperar a su papá a la entrada de la casa mientras la madre cocinaba, al llegar lo llevó corriendo de la mano para mostrarle que había limpiado todo pero ¡sorpresa! En menos de 15 minutos las manitos pintadas estaban en toda la habitación incluso ahora en los muebles, la ventana y puerta de la habitación, quedaron congelados, el padre no entendía y la mamá se repetía una y otra vez que el niño había dejado todo limpio, hasta que el papá dijo: “esto debe ser brujería” . El chico en un instante de iluminación pensó que podía ser del huesito que había traído desde el cementerio, y lo comentó, el reto fue gigantesco, tuvieron que agarrar el famoso huesito lo fueron a dejar más o menos donde lo había tomado por que no se acordaba de donde era.
Pensaron que todo había terminado, pero al llegar a la casa, los muros externos de la casa estaban nuevamente las marcas, todas a la altura de las rodillas del padre, todas rodeando la casa, todas de color ocre, pintaron dos semanas seguidas y seguían saliendo, hasta que llamaron aun cura, bendijeron la casa y todo acabó, pero el papá de familia dejó una manito en la entrada para acordarse de ese pequeño fantasma que los fue a visitar, “total era solo un niño y no sabía que lo hacía”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario