A los doce años, los niños no saben muy bien lo que quieren, pero cuando algo se les mete en la cabeza puede pasar cualquier cosa.
Marcos como todo niño, jugaba a la pelota, veía televisión e iba al colegio, pero algo le provocó en la cabeza esa nueva profesora de reemplazo, sentía tantas cosas y quería hacer tantas cosas con ella que dejó todas sus actividades de niño por seguirla hasta su casa. Comenzó a tener una obsesión que no lo dejaba tranquilo, quería verla con qué ropa vendría ese día a clases, ya conocía su rutina, y nunca pudo saber mucho de su vestuario. Quería estar con ella a como de lugar, hasta que le preguntó si podía ir a su casa a estudiar.
Ella no le vio nada de malo y hasta habló con su madre para que lo pasara a dejar y a buscar a una hora determinada, marcos por su parte estaba feliz, pasaría toda una tarde con su amada.
No hablaba mucho, solo escuchaba la lección que ella le daba, estaba atontado con su perfume, su voz, su casa. Miraba cuidadosamente casa palabra que modulaba mientras le explicaba la materia, hasta que en un descuido, marcos la besó. Ella quedó pasmada y él con los ojos muy abiertos esperando alguna respuesta afirmativa, pero ella le tomó las manos dulcemente y le explicó que esas cosas no se hacen, además hoy llegaba a la casa el amor de su vida, y se lo iba a presentar.
Marcos pensó que iba a enloquecer, no sabía que hacer, la empujó muy fuerte, y le gritaba que la amaba que no podía estar con otro si era de él. Pero la joven profesora solo atinó a tratar de tranquilizarlo, hasta que alguien golpeo la puerta. Ella fue corriendo y dijo –Es él, mi amor- , abrió la puerta y efectivamente era él, se abrazaron intensamente, sin decirse nada, se dieron un lánguido beso, hasta que él, entre sus labios, algo murmuró, paulatinamente separó sus labios y cayó al suelo, detrás de él estaba Marcos con una tijera ensangrentada, le había dado una puñalada mortal. No lo podía creer comenzó a llorar, su amor muerto por ese niño.
Marcos le explicaba que no podía haber otro hombre entre ellos, por que ya eran felices, así que lo eliminó para que no existieran obstáculos. Ella estaba temblando, ya no lloraba pero si gemía muy despacio, le tomó la tijera y le estiró los brazos. Marcos feliz con esa demostración de aceptación, la abrazó, sintió su pecho, su pelo, su aroma y un golpe en su espalda. La miró, le dijo que la amaba, la besó por última vez y se desplomó.
Ella no podía soportar la muerte de su amado, se arrastró hasta llegar al lado de su cuerpo y aun con las tijeras en la mano, terminó de sellar ese fatal triángulo amoroso.
Quizás en otra vida, Marcos encontrará un amor correspondido.
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