Era un cuadro de moda en los años 80, todas las casas de clase media y baja tenían uno en su sala, pero misteriosamente comenzaron a perderse hasta que no existiera ninguno, quizás la razón sea este mito urbano.
Luisa miraba fijamente a ese niño que le corría una lágrima por la mejilla, daba dos pasos a hacia la izquierda sin perder de vista sus ojos y ese niño parecía que la seguía con la mirada, ella volvía a su posición inicial, nuevamente daba dos pasos hacia la derecha para afirmar que el niño no le quitaba los ojos de encima. Le contó a su madre que ese niño le daba miedo, pero la madre no le creía mucho, aunque sin decir nada toda la familia sentía lo mismo, es pintura los observaba día y noche silenciosamente y cada vez que se apagaba la luz se podía sentir un frio que recorría la espalda al ver el cuadro a oscuras.
Una noche el padre de Luisa llegó borracho, tropezándose con cuanta cosa aparecía en su camino hasta que sin querer se vio enfrentado a ese cuadro, lo miro fijo y es su ebriedad comenzó hablarle – que miras tanto pendejo… te voy a sacar de acá para que no andes todo el día llorando- la familia al escuchar al papá se levantó para ver lo que pasaba, luisa iba detrás de su madre, el padre seguía tirándole chuchadas al cuadro, la mujer le repetía que se fuera a dormir pero el hombre no hacía caso. De un zarpazo sacó el cuadro botándolo al suelo, pero quedó volteado, en ese momento se apagó la luz y con consternación se fijaron que la figura del niño desaparecía para entregar un diabólico dibujo, espantados gritaron y el padre pateó el cuadro para dejarlo tirado sin mostrar esa espeluznante imagen, al pobre hombre se le pasó hasta la curadera con el susto, guardaron el cuadro en un ropero para botarlo en mañana.
Esa misma noche en extrañas circunstancias la casa se incendió, solo quedó Luisa para dar el testimonio y advertir sobre la maldición de ese cuadro. Como una plaga en las casas que tenían el cuadro comenzó a ocurrir sucesos desafortunados, en todas las casas sin excepción tenían calamidades, y los más valientes decían que en la noche de San Juan había que dar vuelta el cuadro para invocar al demonio. La maldición del niño que llora recorría Chile entero.
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