Al mirar por la ventanilla del bus miré ese paisaje campestre, el amanecer de nubes, pasto verde y tierra húmeda me daba la bienvenida al sur, eran las 6 de las mañana y había viajado por 12 horas para llegar a Valdivia, era el lugar más hermoso que había visitado en mi infancia y había prometido volver cuando fuera grande, pero nunca pensé que iba a volver en estas circunstancias.
Al llegar me fui directamente al lugar que encontré en las Amarillas de Publiguías y donde me alojaría por un mes, es el tiempo que creía necesario para poder sanearme de toda esa tormenta que me había ocurrido en Santiago, aún seguía con la sensación de que estaba en un sueño, era como si estaba viendo una película y nada era real, ni siquiera saqué mis cosas de la maleta y solo me tiré sobre la cama para dormir.
Nunca había pololeado, no era muy exitosa en el colegio, así que cuando conocí a Felipe, pensé que era el gran amor de mi vida y esto sería para siempre. Me casé muy joven, creyendo que tenía la verdad en mis manos, quería ser una mujer exitosa, independiente pero con un hombre muy guapo de esposo, algo así como vivieron felices por siempre, pero nunca las cosas son como uno desea y no pasó ni un mes de mi enlace y ya quería salir a fiestas con mis compañeros de universidad, quería conocer otros lugares, expandirme tal como lo hacían mis pares y en mis planes no estaba Felipe, y él por su parte, también realizaba actividades en las cuales no me incluía, eso nos empezó a distanciar cada vez más, teníamos discusiones todos los días, en mi desesperación por intentar recuperar eso empecé a tomar alcohol, cuando Felipe llegaba de su trabajo me encontraba borracha hasta las patas. Nunca llegamos a los golpes pero creo que hubiera sido menos doloroso que decirnos cada vez más cosas hirientes hasta que una noche, mientras estábamos en la cama con la luz apagada y después de tener sexo por que ya no era amor, me dijo – ya no te amo-.
Me acuerdo que mi reacción fue muy calmada le di la espalda y le dije casi susurrando – Entonces mañana agarras todas tus cosas y te vas-.
Desde ese día hasta que pasaron tres meses no me acuerdo de nada, creo que perdí la memoria o algo en mí bloqueó esos días, lo único que recuerdo que trabajaba y me iba derecho a mi casa a dormir, pero lo que ocurrió después me acuerdo bien por que lentamente empecé a notar su ausencia, ya no había nadie en mi cama, ni al lado para conversar, mi casa se hizo enorme, gigantesca para una persona sola y en esa inmensidad caí en cuenta que había perdido algo tremendo y ya no había vuelta atrás. Me deprimí tanto que no quería hablar, sentía en mi estómago un vacío inmenso, hasta fui al doctor para ver si había un problema gástrico pero nada. Leí en un reportaje que el amor se siente en el estomago pues yo puedo decir que es así, andaba desesperada y hasta mis amigos me veían diferente, recuerdo que me dijeron algo que aun llevo marcada en la cabeza - Ya no tienes ese brillo en los ojos como lo tenían antes-. Pues es verdad se me fue mi brillo, mi amor, mi alma, mi todo.
Salí a caminar, recorriendo cada rincón de Valdivia para distraerme, y aunque parezca sicótico, cuando veía parejas besándose cambiaba de camino, no quería ver a nadie amándose por que mi pena era más importante. De apoco fui pensando en otras cosas que no eran solo en mi desesperanza, si no en la belleza del lugar, me desconecté de toda dolencia mirando desde el puente Pedro de Valdivia los ríos que cruzan la ciudad, sentía que me estaba sanando y hasta andaba más feliz, conversé con mucha gente pero no de mi vida, si no les preguntaba sus historias.
Un día llegué al Jardín Botánico de la Universidad Austral, era maravilloso ver los distintos árboles que poseía el jardín. Caminé sacando fotos y admirando todo lo que me rodeaba hasta que me di cuenta que estaba completamente sola y empecé a sentir una extraña sensación de soledad y nuevamente ese dolor de estómago que empezó a hacerse cada vez más fuerte, tenía unas ganas tremendas de llorar, miré a todos lados como si hubiera sido un terremoto me aferré a un árbol inmenso, muy alto y grande y comencé a llorar, lloré casi a gritos, lloré tanto que sentía el cuello de mi ropa húmeda, mis brazos se estaban cansando de estar en esa posición intentando unir mis manos en ese árbol que era majestuoso, sentía las hormigas caminando por mi piel, mi cara estaba apretada contra el tronco, quería dejarme marcada con sus relieves añosos, me aferré como esperando que ese árbol bajara sus ramas y me recogiera solo para mecerme amorosamente en el cielo, quería que se moviera, que también me apretara tanto como lo estaba haciendo yo, mi llanto era como de una niña me faltaba el aire y gimoteaba haciendo pucheros, lentamente y gracias a las mordeduras de las hormigas empecé a soltar el árbol, sentía mi cara ardiendo, mis brazos estaban adoloridos y llenos de bichitos que empecé a sacudirme cuidadosamente no encontré justo matarlos si era yo la responsable de invadir su espacio, me sequé las lágrimas y me limpié con la polera y el resto de agua mineral que me quedaba en la botella y me senté a admirar a ese gran pañuelo de lágrimas que estaba frente a mi, le di las gracias por sacarme esta pena y sentí un alivio en el alma, ese árbol de verdad me sanó el corazón y mi estómago pensé.
De vuelta en Santiago, ya no sentía esa angustia que me estaba consumiendo, llegué con un optimismo increíble y solo quería continuar con mi vida, sola, alegre y fuerte gracias a ese árbol del sur. Y les dejo un consejo: El tiempo lo cura todo pero si recorres el sur de Chile y sientes una gran pena o necesitas un apoyo, aférrate a un árbol solo para sentir la vida que crece en un testigo del tiempo.
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